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miércoles, 28 de enero de 2009

Abortos en Chile


Aborto made in Chile

Cada día se producen en nuestro país unos 400 abortos clandestinos. En poblaciones y en el campo aún se recurre a brebajes, sondas, palillos o tallos de plantas. Pero son los menos. Hoy el método más usado son las prostaglandinas, fármacos que evitan las infecciones de antaño y que se trafican en Internet o en el mercado negro por 30 mil a 100 mil pesos las cuatro pastillas. Los ABC1 siguen optando por el aborto quirúrgico.

Leyla Ramírez
La Nación

Herminia tenía 21 años y ya era madre soltera cuando se dio cuenta de que estaba esperando otro hijo. Había llegado sólo hasta tercero básico y vivía en una zona rural, por lo que no eran muchas las oportunidades que tenía. Asumir otro hijo sola se le hacía cuesta arriba para ella. Lo intentó todo, pero todos los remedios fallaron.

Cuando ya tenía 3 meses de embarazo su hermana le recordó que era época de quilas tiernas, plantas que se parecen mucho al bambú y que se encuentran fácilmente en el sur. “Son especiales para abortar. Mi hermana me trajo unas cinco o seis varillas. Elegí una, le sacamos la corteza y la afile bien con un cuchillo”.

Después de eso, Herminia puso la vara en agua hirviendo con jabón y se acostó en una cama dura. “Me abrí de piernas y con una mano me sujete un espejo, mientras que con la otra me metí fuerte para adentro la varilla filuda. Me dolió mucho”.

Herminia se amarró el palo a una pierna y anduvo todo un día así, aguantando el inmenso dolor que le producía. Al día siguiente sufrió una fuerte hemorragia y tuvo mucha fiebre. Estuvo todo el día delirando. Recién en la noche su hermana la llevó al hospital.

Este testimonio -que aparece en el libro “Aborto Inducido”, de la antropóloga Mónica Weisner- es real y fue leído por el senador Carlos Ominami para oponerse al proyecto de ley que aumentaba las penas para el delito de aborto.

Su relato estremece, como el de otras mujeres que se introducen en sus vulvas alambres, crochets, cucharas, ganchos de ropa, lápices, palillos y hasta tallos de perejil con el mismo propósito: perder un hijo no deseado.

Generalmente es la propia afectada quien lleva a cabo este tipo de abortos o bien son asistidas por madres, hermanas, amigas o vecinas. El dolor físico es insufrible, la hemorragia e infección segura y los peligros llegan a la muerte.

No son los únicos métodos precarios y de bajo costo a los que acuden mujeres desesperadas. En este rango destacan también las yerbas tradicionales que por recomendación de otras mujeres se utilizan con fines abortivos, aunque la mayoría de las veces no cumplen con tal propósito. Perejil, ajenjo, ruda, orégano y albahaca que se pueden hervir con cerveza, vino o pisco son algunas de las más usadas, cuya ingesta generalmente se completa con aspirinas o fármacos similares.

Estos son los abortos de las mujeres más pobres, generalmente de zonas rurales, con menos educación, pero sobre todo con menos acceso a información sobre otras prácticas baratas y menos riesgosas.

Según Rosa Espínola, coordinadora nacional del Foro Red de Salud y Derechos Sexuales y Reproductivos, en las poblaciones periféricas urbanas se recurre a fármacos abortivos y al uso de sondas que se introducen por la vulvas, ya sea para hacer un lavado uterino con elementos tóxicos como detergentes, o para dejarla instalada unos días (introducen la sonda y la parte que queda fuera de la vulvas se amarra al muslo) con el fin de perforar el útero, provocar dilatación y la expulsión ‘espontánea’ del feto.

Imperio de las prostaglandinas

Afortunadamente las prácticas anteriores están en retirada. Así lo asegura Ramiro Molina, ginecólogo y director del Centro de Medicina Reproductiva del Adolescente (Cemera), de la Universidad de Chile, quien comenta que los métodos que utilizan las chilenas para abortar han cambiado muchísimo en los últimos años, debido, principalmente a la masificación de las prostaglandinas, fármaco que hoy se compra sin problemas en Internet, en el mercado negro o con una receta conseguida. Los precios van desde los 30 mil a los 100 mil pesos (30 mil en farmacias, 40 a 50 mil en Internet y entre 40 a 100 mil en el mercado negro). Molina no entrega detalle de los nombres comerciales de las prostaglandinas existentes, pero para nadie es un misterio que se trata del Misoprostol o Misotrol, también conocida como Cytotec, Arthrotec, Oxaprost u Cyprostol.

“Ahora la gente ya no acude a colocarse todo tipo de sustancias -como palillos, raíces o tallos de apio- en el aparato genital interno, que provocaban las infecciones que conocimos hace 35 ó 40 años, que eran un desastre y una cosa espantosa. Hoy la gente acude mucho más a profesionales, van con embarazos más precoces y utilizando -primordialmente- este tipo de fármacos, que se compran con receta médica retenida, pero que se consigue fácilmente en las poblaciones periféricas”.

Dicho fármaco -Misotrol es el más conocido en Chile- se utiliza para el tratamiento de las úlceras, pero se descubrió que en altas dosis provoca contracciones uterinas y por ende la interrupción de los embarazos. Por ello, el Ministerio de Salud en Chile exige que su venta sea sólo con receta médica retenida.

Se ocupa mucho porque es una alternativa económica, de fácil acceso y que no provoca infecciones al no ser invasivo. “Esta píldora produce contractividad del útero y el desprendimiento del óvulo fecundado, por lo tanto éste se elimina voluntariamente. Las mujeres pueden llegar al servicio de maternidad por una hemorragia, pero una hemorragia que no tiene mucha trascendencia, ya que no hay infección”, explica el ginecólogo.

Esa fue la opción que tomó Claudia cuando se dio cuenta que estaba embarazada. Tenía 48 años, dos hijos en la universidad y el terror de ser madre-abuela. “Me dio pánico. Es una irresponsabilidad porque es dejarle una guagua a mi hija. Si a uno le cuesta ser papá y tiene diferencias generacionales de dos décadas imagínate de cuatro... También me aterraba la idea de que mi hijo naciera con problemas. Quién lo iba a cuidar y todo eso... Pasé un tiempo de mucha angustia”.

Finalmente Claudia escuchó que existía el Misotrol y con un mes y medio de embarazo optó por tomar las pastillas. “Me hice asesorar por un médico, hermano de una amiga que me dio la dosis, pero no se quiso meter. Tuve que comprarlo y conseguirme la receta por otra parte”.

Cerca de las nueve de la noche finalmente ingirió la dosis indicada. Luego de un par de horas comenzó a sentir fuertes dolores en el útero. “Eran como dolores de ovarios, de esos fuertes y me dio una hemorragia que no paraba con nada. Llamé a mi ginecólogo de siempre -que no sabía nada- y le dije que creía tenía una pérdida. Dos días después me hicieron un raspaje y finalmente decidí ligarme las trompas para no tener que pasar por algo similar nuevamente. Ya estoy bien”.

El Misotrol es usado de dos formas. Introduciendo con los dedos 4 píldoras por la vulva hasta la zona donde comienza el útero o poniéndoselas bajo la lengua o en el espacio entre la encía y la mejilla más de media hora. El resultado es como si se tuviera un aborto espontáneo.

Otros fármacos

Las prostaglandinas también se usan asociadas a otros fármacos, como la RU-486 o mifepristona que bloquea el desarrollo de progesterona, una hormona natural, que es fundamental para mantener un embarazo. Se toman la pastilla y dos días más tarde suman un Misotrol para causar contracciones y expulsar el bebé.

También se usan mezclas de fármacos, donde la oxitocina juega un rol importante. Marisol usó esta combinación. Tenía 35 años y dos hijos. Sin embargo, no quiso que llegara el tercero. “Me complicaba muchísimo, no estaba muy bien con mi pareja. La verdad es que nada bien y traer este hijo al mundo había sido un sufrimiento”, dice con claridad y confiada en que el aborto en su caso fue la mejor decisión. Una amiga enfermera le comentó que “la bomba” podría surtir efecto.

Fue así como acudió hasta la farmacia para conseguir tres componentes que venían en ampollas. Uno de esos era oxitocina -aunque el producto tiene otro nombre- una hormona que ayuda a acelerar las contracciones. “Claro que el vendedor de la farmacia sabía para qué servían y lo que hacían juntas. De hecho, en dos farmacias anteriores no quisieron vendérmelas”.

Finalmente su amiga enfermera puso las tres ampollas y dentro de 24 horas ya había terminado su embarazo. “Me subió la presión como nunca antes, menos mal que no me pasó nada. No fui al médico cuando me comencé a sentir mal y tampoco después. Confié en que ella era enfermera y podía supervisar que todo estuviera en orden”.

El uso de fármacos ha reducido las cifras de ingresos hospitalarios por aborto, al no provocar infecciones, lo que no significa que los abortos hayan disminuido.

Los VIP

En los sectores más pudientes se sigue recurriendo al aborto quirúrgico, el más seguro y menos traumático. Raspajes o aspiración del contenido del útero son los
métodos más usados, por un costo promedio de 800 mil pesos, en contraste con maniobras más artesanales -como lavados uterinos con sondas en el que usan ingredientes tóxicos como detergentes- por las que piden 10 mil ó 50 mil, pero que son muy peligrosos.

Andrea (35) tuvo la suerte de contar con una madre comprensiva y de buena situación social. Cursaba segundo año de arquitectura cuando quedó embarazada de su ex pareja a quien había dejado recientemente por sus excesivos celos. “Cuando supe casi me morí. No podía tener ese hijo. No quería que nada me uniera a ese hombre. Había sido una relación tortuosa, donde hubo agresiones físicas y sexuales. Los últimos meses le decía que sí a todo por temor a que se enojara y me pegara. Yo no quería ese hijo ni que él se enterara del embarazo. Le conté todo mi drama a mi mamá y ella me ayudó. No sé con quién se consiguió el dato, pero me llevó en la noche a una clínica pequeña y de nombre conocido, previo pago de 1 millón 200 mil pesos. Allí me hicieron colocarme en un sillón de ginecólogo y me colocaron anestesia general. Cuando desperté ya todo había acabado. Estaba tapada, todo lucía igual y yo me sentía muy bien físicamente. Apenas se quitó por completo el efecto de la anestesia nos fuimos a casa. En la noche tuve algunas contracciones fuertes, pero se me quitaron al paso de las horas y al otro día fui a la universidad sin problemas”.

Rosa Espíldora agrega un dato no menor. “Conozco a una chiquilla a la que le ofrecieron hacerle un aborto por 3 millones de pesos en una clínica muy prestigiosa. Y ella aceptó. La ingresaron por aborto espontáneo y una doctora y una matrona hicieron el trabajo”, dice.

http://www.lanacion.cl/prontus_noticias/site/artic/20051229/pags/20051229203826.html
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Está grave una menor a la que le hicieron un aborto clandestino


La intervención se realizó a fines de diciembre en un consultorio privado. El domingo fue internada en el Notti y luego trasladada al Lagomaggiore.

martes, 06 de enero de 2009

Se encuentra en terapia intensiva y en estado muy delicado una menor de 12 años a la que se practicó un aborto ilegal.

La niña fue abusada, según las primeras pericias, y luego intervenida quirúrgicamente de manera clandestina para detener la gestación, a fines de diciembre.

Como derivación de esta operación, que realizó una médica en una clínica privada, la chiquita comenzó a sentirse mal y a padecer dolores agudos de estómago. Cuando fue llevada al hospital Humberto Notti, se estableció la realidad del cuadro. Primero se la asistió en ese nosocomio y cuando se agravó su salud fue trasladada al hospital Luis Lagomaggiore.

El director de este último centro asistencial, doctor José Moschetti, expresó que se está ante dos delitos penales graves, el abuso y luego la operación clandestina.

Clínicamente, explicó: "Hubo que hacerle una histerectomía, se le sacó el útero y su estado es preocupante, ya que presenta una infección abdominal con falla multiorgánica que le afectó un riñón y el hígado. Habrá que ver cómo evoluciona en las próximas 48 horas".

El facultativo agregó que primero fue intervenida en el Notti y, como el caso era muy grave, fue derivada al Lagomaggiore.

La nena, hija de madre soltera y de condición muy humilde, fue abusada sexualmente por alguien que por ahora es desconocido.

Como su residencia es Guaymallén, se abrió una investigación en la Oficina Fiscal 9 de ese departamento. / MT

http://www.losandes.com.ar/notas/2009/1/6/sociedad-401842.asp
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Historia de una mujer presa por aborto


por Juan Pablo Figueroa Lasch (CIPER)
sábado, 05 de abril de 2008

La prohibición de entregar la píldora del día después en los servicios públicos aumentará los abortos, a los que ya se exponen unas 40 mil mujeres al año. Como en Chile abortar está penado por la ley, todas ellas ponen en riesgo su salud y su libertad. Actualmente hay tres presas en la cárcel de Santiago por ese delito. Evelyn, de 43 años, relata en esta entrevista su vida llena de dramas y abortos obligados por su suegra. Pero fue el Misotrol -un fármaco que puesto en el útero induce a la interrupción del embarazo- el que la mandó al hospital y de ahí directo a prisión. Deprimida y sola, no se atreve a confesar su delito a sus compañeras de celda.

Evelyn es una de las tres mujeres actualmente encarceladas en el Complejo Penitenciario Femenino de Santiago por haberse practicado un aborto. Ella no sabe que a la misma hora que cuenta su historia –jueves 3 de abril-, en la calle hay mujeres indignadas porque un tribunal de ocho hombres y una mujer acaba de prohibir la distribución gratuita de la píldora del día después. La decisión del Tribunal Constitucional está íntimamente ligada a los hitos que han marcado su vida.

Actualmente, en Chile se interrumpen cerca de 40.000 embarazos no deseados al año. Según los expertos, con la acogida al requerimiento presentado por 36 diputados de la Alianza, esta cifra –la más alta de Latinoamérica– podría elevarse. Y mientras eso ocurre, Evelyn cuenta las horas desde que hace un mes y tres días paga el precio de un aborto con cárcel.

La mujer, que lleva en la cara la marca de una tristeza de muchos años, no quiere que se conozca su identidad. A ratos le cuesta, pero a los 43 años recuerda y relata las mil y una escenas que la llevaron hasta la prisión. Una realidad que la lleva a repetir una y otra vez en esta entrevista “yo no considero que eso fuera un aborto…”.

-Usted está presa por un aborto. ¿Cómo llegó a ser detenida?
Ese día empezó como una casualidad. Yo dije que me había caído y que me había pegado sola. Así caí en el hospital… Todo viene de muy atrás. Mis tres hijos hombres son adictos a la pasta. El mayor tiene 28 años y está preso en la Penitenciaría. También mi marido es adicto. Pero a él no lo vi nunca más. Todo empezó con una violencia intrafamiliar severa… Mi cuarta hija nació producto de una violación. Fue mi propio marido. Pero no se pudo comprobar.

-¿No pudo demostrarlo porque su marido fue el autor?
Sí, y a pesar de que debieron hacerme puntos y me derivaron a un consultorio. Ahí me dicen que tengo que ir a ver una asistente social. Yo no había pedido hora, pero me dijeron “vaya no más”. Y ahí, la asistente social me dijo: “Sabes qué, Evelyn, voy a tener que denunciar lo que te pasó. Esto es maltrato intrafamiliar”. Yo llevaba 19 años casada. Me casé a los 13 años con 8 meses. Y lo hice porque mi mamá me echó cuando supo que estaba embarazada. Ella nunca me aceptó. Siempre tuvo vergüenza de mí. Es que yo era muy bonita, era su chiche. Después lo fui de mi marido. Él me lucía.

-¿Cómo conoció a su esposo?
En Cerro Navia. Él vivía en un departamento cerca del mío. Fue mi único pololo. Yo tenía 13 años y él 18. Ya era mala persona…

-¿En esa época usted estudiaba?
Sí. Pero me tuve que salir. No recuerdo muy bien los detalles porque fue hace como 30 años. Creo que me retiré cuando había pasado a primero medio. Y fíjese que era muy buena alumna.

-¿Y cuando su madre supo que estaba embarazada la echó de la casa?
Sí. Yo estaba con mi pololo en el cuarto piso del edificio y mi mamá nos llamó y dijo que quería conversar con nosotros. Ahí le dijo a mi pololo que yo estaba embarazada y le preguntó qué iba a hacer. Mi marido estaba postulando para ser carabinero. “Casarme poh, si no, ¿qué va a pasar?”, le respondió. Y ahí mi mamá me echó.

-¿Y se fue a vivir con él?
No. Me fui a la calle, porque nadie me recibía. Mi suegra me odió siempre. En la calle estuve como un día o un poco más, y después me fui a la casa de la hermana de mi pololo. Ella siempre se portó muy bien conmigo. Adoraba a la guagüita que nació. Pero desde el principio tuvimos cosas violentas… Él siempre fue violento.

-¿Su esposo ya consumía drogas o alcohol en ese entonces?
No sé, la verdad. Yo ni fumaba. Lo que pasa es que mi mamá era de un nivel social medio alto. Yo soy hija única y mi hermana, que es hija de otro matrimonio de mi mamá, nunca reconoció que yo era su hermana. Ella me pegaba. Nunca me dijo hermana. Después que nos casamos nos pusimos en la buena. Ahora no sé qué habrá sido de ella. No tengo muy buenos recuerdos de todo ese tiempo.

-¿Y conoció a su papá?
Sí. Ellos se separaron cuando yo era chica. Mi papá le enterraba lápices en los brazos y en otras partes del cuerpo a mi mamá. Ella sangraba mucho…

-¿Y usted presenciaba esa escena?
Por supuesto. Nosotros le quitábamos los lápices a mi papá.

“Mi suegra siempre me hacía abortos”

-Volvamos a su marido. Finalmente él no ingresó a Carabineros.
No. No tengo idea cuándo empezó a consumir drogas, pero siempre consumió mucho alcohol. Fue una desilusión terrible. Él se casó conmigo porque prácticamente los parientes lo obligaron. Si de hecho, él me dijo: “Más te vale que el niño se parezca a mí”. Él decía que si no era así, lo iban a echar. Mi suegra me odiaba. La cosa es que el hijo era igual a él y vivíamos con la cuñada. Y había violencia. Hasta que su mamá le compró una casa. Y nos fuimos a vivir ahí.

-¿Cómo fue ese período a partir del momento en que tienen su casa?
Gritos. Él llegaba curado, se saltaba la reja, se quedaba enterrado o llegaba lleno de sangre porque había peleado. Yo estaba acostumbrada, como resignada. Y era una desilusión tras otra. No tanto como mujer, sino que como persona: te van anulando. Las situaciones te mueven, te manipulan, te sometes y debes adoptar otras actitudes, otra personalidad.

-¿Trabajaba?
Yo siempre quise estudiar. Después perdí unos gemelos. Mi suegra siempre me hacía abortos…

-¿Su suegra le practicaba los abortos?
Sí, o sea me mandaba una señora que llegaba y me metía una sonda, me la amarraba a la pierna y la dejaba ahí por 24 horas. La misma señora se preocupaba de que no me diera fiebre y de controlar que todo estuviera bien. Esa señora le hacía abortos a todas las mujeres de la población. Incluso había algunas mujeres que llegaban desde lejos.

-¿Cuántas veces pasó por esa experiencia?
No recuerdo bien. Una vez caí al hospital porque eran gemelos y una guagua se quedó adentro. Casi me morí. Me dijeron que estaba con septicemia. Yo tenía como 15 ó 16 años…

-¿No recuerda cuántos abortos se tuvo que hacer?
Mmm… tres.

-¿Y el último también fue por instrucción de su suegra?
No. Para ese entonces ya estaba separada. Aunque no lo considero un aborto.

-¿Qué pasaba con su marido cuando quedaba embarazada?
Me golpeaba mucho. Y antes que él me golpeara, mi suegra se ponía a gritar. Ningún método me resultaba. Si hasta la “T” se me soltaba. Pero a los 16 años no tenía idea de nada.

-¿Cómo recuerda esos momentos cuando se enfrentaba al hecho de hacerse un aborto?
Yo tenía como 16 años cuando me hice el primero. Después tuve al segundo hijo y mi marido tampoco lo quería mucho porque decía que si no era mujer, no lo iba a querer. Y mi hijo salió enfermizo. Después tuve al tercero. Lloré durante todo el embarazo porque él no lo quería. Me golpeaba. Una vez me rompió del ombligo para arriba con una silla que me tiró. Tenía como ocho meses y medio de embarazo y producto del golpe mi tercer hijo nació. Tampoco lo pude comprobar. Me acuerdo que salí corriendo de la casa porque me sangraba el ombligo.

-¿Nunca pensó en abandonarlo?
Sí, porque después que tuve mi primer hijo quise inscribirme en cualquier colegio, pero no me aceptaban en ninguno porque estaba casada y tenía hijos. Me discriminaban en todas partes. Yo quería estudiar y me cerraban una puerta tras otra. Trabajé en La Vega, en los desayunos, lavando platos, pelando papas… Ganaba dos mil pesos diarios. Y me alcanzaba para comprar mis cuadernos. Ahí entré a estudiar a un vespertino particular, pero fue porque un profesor se interesó en mí. Le gustaba. Aunque nunca me involucré con él. Iba como oyente, porque no me recibían en ningún colegio y esperé hasta tener un cupo. Así saqué mi cuarto medio. Para ese entonces ya tenía mis tres hijos. Yo me embaracé de mi cuarta hija en la cuarentena del tercero. Y mi suegra me quería hacer abortar y yo me quedé callada nomás. No le dije nada.

-¿Por qué su suegra insistía en que se hiciera abortos?
No lo entiendo. Y no le voy a preguntar ahora que ya está vieja.

El embarazo de la regenta

-¿Con quién vive su hija?
No lo sé, porque me la quitaron. Eso pasó cuando ella tenía como 8 ó 9 años. Fue la familia de mi marido, porque mis otros hijos se drogaban y yo trabajaba de noche y no podía cuidarla. Después la recuperé. Ella me estaba aceptando y recuperando la confianza en mí y ahora la volví a perder. Cuando la vuelva a ver ya no me va a querer… Nunca me he portado mal.

-¿Cuántos hijos tiene?
Cuatro. El mayor tiene 28 años, el segundo 24, el tercero 23 y la más chica, 13. Es muy difícil para mí. A mi último hijo, el que perdí, porque eso no fue un aborto, yo lo quería mucho…

-Ese aborto se lo hizo en 2002, ¿y cayó presa de inmediato?
Sí, estuve un día presa. Aunque ya había estado antes. Es que yo trabajaba en un prostíbulo donde era regenta. Yo recibía a los clientes y también el dinero. Ahí estuve trabajando como ocho años de noche. Entré como camarera, pero era mentira. Aunque ganaba buena plata la verdad es que tuve que ejercer la prostitución. Y un día llegaron los carabineros y fui yo quien abrió la puerta…

-¿Estaba casada todavía?
Sí, pero él no lo sabía.

-¿Por qué llegó a ejercer la prostitución?
Por necesidad. Mis hijos pasaban hambre y cuando empecé a trabajar, todos suponían que trabajaba en una oficina. Si yo salí de cuarto medio y quería postular a alguna universidad y estudiar para ser contador auditor. Siempre fui muy inteligente para estudiar. Pero tenía cero posibilidad… Después, mi marido me seguía pegando pero ya me daba lo mismo.

-¿Su marido no aportaba plata para la casa?
Él era chofer de locomoción colectiva, pero se empezó a meter en el trago y la droga y al final nos dejó sin nada.

-¿Y qué pasó con sus hijos?
Ellos eran inteligentes. Los tres más grandes llegaron a segundo medio. Y siempre tuvieron intenciones de estudiar. Estudiaban de noche en varias partes, pero la droga no les permitió terminar. Se metieron en pasta base. Cuando pasó todo eso yo estaba trabajando en el prostíbulo, aunque ya era regenta. Sólo los dos o tres primeros años ejercí la prostitución. Ganaba harta plata: le compraba dulces y ropa a mis hijos y podía llevar todos los días para comer.

-¿Cómo llegó a ese prostíbulo?
Fue en los ’80, en plena dictadura. Yo trabajaba en una Polla Gol y una vez, en Huérfanos con Mac Iver, vi una hilera de mujeres con carabineros a cada lado. Me llamó mucho la atención. Me quedé mirando. Fue ahí que una de las niñas me dijo que por favor llamara a su mamá para avisarle que se había ido detenida por “rotura de sello”. Y la llamé. Tiempo después me la encontré comprando frutas. Me agradeció mucho que le hubiera avisado a su mamá para que fueran a buscarla. Me dijo también que era muy bonita y que me podía arreglar. Que hablara con su jefa porque me podía enseñar a ganar más plata. Yo no era tonta, sabía a lo que iba. Pero no sabía que sería tan difícil… al principio. Yo era delgada, pechugona y tenía el pelo súper largo, así que le gusté. Después, la primera vez que me tocó trabajar, me fui porque me dio vergüenza. Volví dos meses después.

-¿Y también comenzó a drogarse y a tomar alcohol?
Ahí aprendí a fumar, a jalar y a beber. Además vi como se inyectaban cosas, aunque a mi nunca me dio pana. Ni siquiera para cortarme las venas. Aunque sí me tiré al Metro. También me tiré de un taxi. Siempre he querido morir…

-¿Fue en ese ambiente cuando tuvo su último embarazo?, ¿ya estaba separada?
Claro. Cuando me separé y trabajaba de regenta, conocí a un hombre que era muy sencillo y bueno para tomar. Con él bebía. Quedé embarazada de él y cuando se lo dije, ya era muy tarde. Siempre he tenido la maldita manía de guardarme las cosas, de no decir nada. Y se lo dije cuando tenía como cuatro meses. Me dijo que estaba loca y me echó.

-¿A dónde se fue?
Me fui a vivir de nuevo con mis hijos, donde se drogaban. Habían vendido todo lo del departamento, lo habían dejado vacío. Los vidrios estaba quebrados, no había taza del baño, habían sacado hasta los enchufes para venderlos y comprar droga. Y ese día… No sé, no lo recuerdo muy bien… Porque después que nació mi hija producto de la violación… Fue tan sicótico, tan traumático. Por eso, en ese momento yo quise tener otro hijo, porque ya me habían quitado a mi hija y a los otros tres los había perdido por la droga. No tenía a nadie. No tenía nada.

-¿Y qué pasó con ese embarazo?
No me acuerdo porque sufría de lagunas. Tomaba pastillas y más pastillas. Lo único que quería hacer era dormir, y si no, me emborrachaba. Mezclaba las drogas y el alcohol con las pastillas. A veces despertaba en la calle sin zapatos. Pensaba que siempre iba a ser una alcohólica. Cuando recobraba la memoria no tenía idea dónde estaba.

-¿Eso fue durante la época del último embarazo?
Desde antes. Se había hecho como una costumbre. Después, ya estaba tan mal que no sabía qué hacer. Estaba muy deteriorada. Y yo quería mucho a ese hijo que esperaba. Tenía seis meses de embarazo…

-¿Por qué dice que no fue un aborto lo que se hizo?
Porque no recuerdo lo que hice. Y si me acordara, me sentiría muy culpable. No debería haberlo hecho.

“Yo quería tener ese hijo”

-¿No sabe lo que hizo para abortar?
Tomaba pastillas, porque yo sufro de úlceras: omeprazol, famotidina, ranitidina, ácido mefenámico, dipirona, pastillas para dormir, diazepam y otras cosas. Si hasta leche de magnesio tenía en la cartera. Mi cartera era mi vida. Yo tenía todo ahí. No recuerdo muy bien lo que pasó… Un día fui donde el padre de ese hijo que esperaba a buscar mis cosas, y como él no estaba, me fui a la casa de mis hijos. El día anterior ya les había dicho que iba a quedarme ahí y les pedí que no carretearan en la casa porque yo llegaba en la mañana y estaba cansada. Igual estaba súper deteriorada, además embarazada y con hartas complicaciones porque también tengo várices. Tampoco comía bien. Cuando llegué, el mayor de mis hijos me insultó. Nos pusimos a pelear. Me pegó, me tiró escaleras abajo. Después salió con un bate de béisbol a pegarme. Si no hubiera alcanzado a cerrar la puerta… Hasta llegaron los carabineros. Él lloró y dijo que no había hecho nada. Yo ahí le dije: “Esta es la última vez que me ves como tu mamá. Ahora voy a ser tu peor enemiga. No sabes el daño que me causaste”. De ahí no me acuerdo. Caminé y caminé. No recuerdo bien cuánto…

-¿Fue en ese momento que decidió abortar?
No pues. Yo quería tener ese hijo. Si ya había criado cuatro porqué no podía criar uno más. Era producto de muchas cosas que para mí eran recuerdos bonitos. Pero hay cosas que no me acuerdo. Una amiga llegó hasta donde yo estaba porque había perdido los zapatos. Me había caído y había entrado varias veces a un restaurante porque me había hecho pipí.

-¿Se cayó producto del alcohol o de las pastillas que tomaba?
No, no había alcohol en mi cuerpo. Eran las pastillas, además de lo mal que estaba. Como no había comido nada, de repente me quedaba dormida en el suelo. Después de tanto caminar perdida, llamé a mi amiga y le conté todo lo que me había pasado. Que estaba embarazada, que mi pareja me había echado, que mi hijo me había pegado, que estaba muy mal, que no tenía a dónde ir… Ella me fue a buscar. Eran como las dos de la mañana. Ahí ella me dijo que yo no podía tener la guagua. Me dijo que quién me iba a cuidar, dónde lo iba tener, dónde lo iba a criar… Tenía toda la razón. Ella tenía Misotrol así que me lo vendió. Era carísimo. Y me puse esas pastillas en el útero.

-¿Cuántas píldoras se puso?
No sé… No me acuerdo. Pero me dolía mucho. También me dolía todo el cuerpo…, la espalda, las piernas… La guagua se movía mucho. Pero después de que me metí las pastillas, sentí mucho más dolor. Me dolía mucho la cola, no sólo por las pastillas, también porque mi hijo me había tirado por la escalera y me había arrojado una silla encima… Al día siguiente, desperté amarilla. Me sentía muy mal. No sé bien qué pasó durante ese día. Sé que me llevaron…

-¿A dónde la llevaron?
Al Hospital Barros Luco, parece. Me hicieron una ecografía y ahí se veían las píldoras de Misotrol. Me trataron súper mal en el hospital. La mujer que me recibió me golpeó y dijo: “¡Yo no recibo a éstas: que se vaya al hospital de su comuna!”. De ahí me fui al hospital Félix Bulnes. Ahí nació mi bebé. Tenía seis meses de gestación. La guagua estaba en neonatología y no me dejaban salir porque estuve con un carabinero desde que nació hasta que llegué a la cárcel. Mi hijo murió horas más tarde de insuficiencia respiratoria. Nunca más lo quise ver. No tuve las agallas.

-¿Del hospital llamaron a Carabineros para informar que tenían una mujer que se había practicado un aborto?
Sí. Del hospital me trajeron directamente a la cárcel. Pero no fue el doctor el que denunció. Él puso en el certificado: parto normal de pretérmino. Al día siguiente me llevaron a juicio y yo le expliqué todo a la jueza. Fue ella la que dijo que era culpable. Me hicieron un examen siquiátrico y la jueza me derivó a un siquiatra del Instituto Médico Legal. Estuve un tiempo en tratamiento. Después me dejaron en libertad y volví a caer en prisión hace un mes por rebeldía. Volví a entrar a la cárcel el 28 de febrero pasado.

-¿Cómo fue que la encontraron?
Estaba trabajando en el prostíbulo y alguien hizo una tontera. Cuando llegaron los carabineros, yo abrí y consultaron mis datos y vieron que tenía antecedentes. Estaba en rebeldía porque me había cambiado de casa y no había ido a firmar.

-¿Cómo ha sido este tiempo en prisión?
… no me ha venido a ver mi abogada, mis amigas me abandonaron. Nadie me viene a ver. No tengo calzones, no tengo ropa, no tengo shampoo, ninguna cosa. Ni siquiera un chaleco. Cuando llegué, me robaron en el Patio 1 todas las cosas que traía… Menos mal que no saben las otras que me hice un aborto porque ya me habrían matado. Acá se pelean todas. Le juro que si tuviera la oportunidad de suicidarme lo haría.

-¿Nadie sabe acá adentro que está presa por un aborto?
No. Ya no sé qué decirles cuando me preguntan por qué estoy aquí. Yo quiero salir. Quiero recuperar a mi hija. Quiero cuidarla. No quiero que le pase lo mismo que a mí. Ella no tiene la culpa.

-¿Tiene alguna idea de cuánto tiempo se quedará presa?
No lo sé. Estoy procesada por la ley antigua y no me han dicho nada. Mi abogado no ha venido a verme. Nadie se ha preocupado de mí. A nadie le interesa. Mis amigas me dijeron que no me iban a abandonar, pero me dejaron sola. Hay días que se me olvidan aquí. Eso me da susto. Me quiero ir luego. Si no, me va a pasar algo malo. De repente, me duele mucho la cabeza. No sé en verdad lo que me pasa, pero es algo malo. Todas las noches hay sangre de los cortes que las niñas se hacen en los brazos. Si los brazos de las reincidentes están llenos de tajos. Y yo no soy una reincidente. A nosotras, las que estamos por violencia intrafamiliar o por haber perdido un hijo concientemente, no nos sirven las terapias. ¡Si supiera cómo te obliga el sistema! La realidad es algo que no puedo soportar. Y me da miedo lo que se me olvida. Sé que me voy a matar en uno de esos momentos. Y nadie lo va a evitar.

* Fuente: CIPER Chile

http://www.piensachile.com/content/view/3970/10/
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Caso Karen Espíndola: Un llamado urgente.


Karen Espíndola tiene 23 años, 22 semanas de embarazo y espera un hijo que, si sobrevive, en el mejor de los casos nacerá en estado vegetal: no se podrá mover, tampoco ver ni oir ni oler y tal vez ni siquiera respirar. Por eso, para no sufrir más, Karen pensó en un aborto terapéutico, pero se enteró de que en Chile está prohibido desde 1989 porque Pinochet lo derogó. Karen se propuso que su caso sería emblemático, y pide que quienes la critican se pongan en su lugar y entiendan que esperar a alguien con deformidades, que no tendrá conciencia y que jamás le podrá decir mamá porque su cerebro no le permitirá pensar, es un dolor que sólo una mujer que lo ha vivido sabe de qué está hablando.

El 12 de agosto de 2008, Karen escribió en su libreta cuatro nombres de mujer y seis de hombre. Eran las opciones con que bautizaría a su guagua: Constanza, Ignacia, Emilia y Catalina; Benjamín, Ignacio, Tomás, Esteban, Osvaldo, Iván. En ese entonces tenía casi tres meses de embarazo y estaba llena de planes. Pese a que había terminado con su pareja, tomó la decisión de seguir adelante sola y después del parto, ahorraría todo lo que pudiera en su trabajo como recepcionista de reclamos en una aseguradora. Quería estudiar una carrera. Relaciones Públicas era una de las opciones.

Pero casi dos semanas después, el 25 de agosto, lo que le dijo el doctor Mauro Parra, jefe de la Unidad de Medicina Fetal del Hospital Clínico de la Universidad de Chile y una eminencia en el país en la materia, le cambió la vida para siempre: su hijo tenía holopronscencefalia alobar, lo que en palabras simples implica que sus capacidades de sobrevivencia son mínimas y que, en caso de vivir -puede ser unas horas o unas semanas- tendrá un cerebro que se fusiona y no tiene divisiones, tal vez un solo ojo, apenas nariz, no podrá caminar, ni hablar, ni ver, ni oir, ni escuchar y, quien sabe, si acaso alcanzará a respirar.

Hoy, Karen Espíndola tiene 22 semanas de gestación, es decir, poco más de cinco meses, y a diferencia de cualquier embarazada, ha bajado de peso: tiene 11 kilos menos. “Es por el tema depresivo y la angustia. Son tantas las cosas que a uno le pasan por la cabeza que no te dan ganas ni de comer”, cuenta.

Tienes sólo 23 años, ¿cómo recibiste la noticia de tu embarazo?
-Este no fue un embarazo programado, pero eso no significa que no fuera deseado. Yo, en cuanto lo supe, me entusiasmé. Aunque tenga 23 años, me considero una persona súper madura así es que me alegré. Además, tenía mi pareja hacía dos años y vivíamos juntos hacía ocho meses, pero él desapareció y no me ayuda en nada. No resultó la relación no más.

¿Cómo fueron tus primeros meses?
-Normales y llenos de ilusiones. Tenía una compañera de trabajo que también estaba esperando guagua y hablábamos todo el día el tema, súper entusiasmadas. También, veía revistas de embarazos. Pensé en que iba a pintar la pieza y me dije que me la iba a jugar por mi hijo, porque total, no era la primera mamá soltera en Chile. Eran puros proyectos.

¿Cuándo te diste cuenta que algo no era normal?
-En junio empecé con muchos malestares y vómitos. Me fui a hacer un ecografía de rutina, la segunda, porque en la primera no se le veía la cabeza y ahí ya había algo raro. Fui donde el doctor Mauro Parra, que es experto en medicina fetal y no se equivoca nunca y me dice: “¿sabes qué? El cerebro no viene normal, no tiene una división: tu hijo viene deficiente”. Me bloqueé, no sabía qué hablar. Me acuerdo que mi mamá me tomó la mano y preguntó: ¿y qué significa eso?. “Que va a tener una deficiencia severa”, dijo el doctor. Yo creo que él no quiso decirme todo de una vez.

¿Qué pensaste en ese momento?
-Estaba en la sala donde están todas las embarazadas contentas con sus parejas y yo llorando con mi mamá… Después, en la puerta del hospital, le dije: “¿Sabes mamá? Si mi hijo viene con Síndrome de Down -porque eso pensé-, lo voy querer igual y voy a luchar por él, porque por algo me lo mandaron a mí”. Jamás pensé que no fuera a hablar ni a mirar ni que se pudiera morir. Todos pensábamos que iba a ser deficiente, pero nada más.

¿Cuándo te enteras del diagnóstico?
-Cuando me recomendaron hacerme otra ecografía, el 11 de septiembre. Ahí me dijeron que es altamente sospechosa una holopronscencefalia alobar. El doctor conversó conmigo, pero yo ya había entrado a internet, puse el diagnóstico y vi fotos de varios niños… Eran monstruos. A muchos se les desarrolla sólo un ojo… el mío tiene dos, pero son raros y ya tiene la deformidad en su cara. Supe que él era completamente incompatible con la vida y se lo hice saber al doctor. Él también me lo dijo, y me explicó que si viene, tendrá un retardo severo y que será casi vegetal: no se podrá ni mover. Imagínate que no tiene ni los vulvos ópticos ni los vulvos olfatorios y ¿qué es eso? Que los ojos están pegados, su nariz chata y que no va a ver ni oler. Tampoco sabemos si va a poder escuchar o hablar. Esa noche no dormí nada y me empecé a desesperar. Yo creo que esa semana casi me volví loca. Además, la alimentación de estos pacientes es por sonda, con líquido, glucosa e indovenosa, porque ellos no son capaces de alimentarse por sí solos. No tienen reacción. Me lo dijo el médico: no tienen conciencia.

¿Qué sentías en ese instante?
-Me puse a llorar. Y pensé que en este país se podía hacer algo, que si no tenía expectativas de vida, ¿a qué va a venir? ¿a convulsionar? ¿a morir sangrando? ¿Eso es vida si puede estar 10 minutos, un hora o un año así? Eso para mí no es vida. Por eso pensé que se podía hacer algo, como un aborto terapéutico, y los médicos me dijeron: “Lo sentimos. Vas a tener que esperar, porque nosotros no podemos hacer nada”. ¿Pero cómo no me puedo hacer un aborto? ¿Y qué pasa con mi salud sicológica si yo estoy casi vuelta loca?, les pregunté. “Nosotros no podemos hacer nada por ley”, me respondieron.

Hay muchas mujeres en Chile que se hacen abortos.
-Sí, las que tienen plata, las del barrio alto. Pero yo no tengo. Me contacté con una niña de Venezuela que le pasó lo mismo que a mí y le sacaron el bebé a los seis meses. Allá, interrumpir el embarazo en estos casos es legal. En Cuba también. Con mi familia y mis amigos pensamos en hacer algo, pero costaba cuatro millones de pesos ir a Venezuela, sin contar los pasajes y la estadía. Yo no puedo pagarlo. Nosotros vivimos de un solo sueldo.

¿Qué te pasó cuando te enteraste que en Chile no hay aborto terapéutico?
-Me entró una desesperación, una rabia y una impotencia… O sea, si un bebé viene incompatible con la vida, ¿por qué hacer pasar a las mamás por todo esto? Yo encuentro ético que te hagan un
aborto terapéutico, porque es adelantar algo que va a suceder. No es matar a un bebé que tiene conciencia. Yo creo mucho en Dios, y cuando meten a Dios me da rabia, porque por Él es que hay ciencia y medicina. La gente no siente lo que uno siente y no me pueden entender porque no lo están pasando. No están en mis zapatos y si supieran lo que es, no pensarían lo mismo. Estoy segura que si alguien de esas organzaciones pro vida le pasara lo que mí, correrían a hacerse un aborto.

¿Qué opinabas del aborto antes de este embarazo?
-En este país se hacen 60 mil abortos al año, pero eso lo hace la gente que tiene plata y la que no, se arriesga a morirse porque lo hace en cualquier parte.Siempre he estado de acuerdo con el aborto terapéutico, pero no para niños sanos y eso es lo que justamente se hace en este país. En este momento, estoy contra el aborto por cómo viene mi bebé… Pero tampoco soy cerrada. Sé que en los países donde está legalizado bajan los índices de pobreza y delincuencia, pero en estos momentos estoy a favor de la vida. Soy cristiana y estuve hasta en un colegio de monjas, pero creo que ni las monjas ni los curas debieran meterse en esto porque ellos no saben lo que es ser madre o padre. No saben lo que es estar embarazada, para eso está la ciencia y no puede ser que la ley esté más arriba de lo que no está científicamente comprobado.

Un debate similar se dio con la píldora del día después.
-Seguí ese debate y estaba completamente a favor de la píldora del día después. Me da rabia que este país sea tan hipócrita y que cierre los ojos a las cosas que pasan. Esos diputados que están en contra estoy segura que le harían mil veces un aborto a una niña, porque las estadísticas dicen que para arriba es donde más usan la pastilla porque ellas se la pueden comprar. ¿Qué quieren ellos? ¿Aumentar la delincuencia? ¿Que el país se vaya para abajo?

¿Por qué decidiste hacer público tu caso?
-Porque quiero hacer algo. Sé que todo lo que estoy haciendo no me va a servir a mí, pero quiero que otras mujeres no pasen por esto. He hablado con muchas niñas que han pasado por cosas terribles, que llegaron a término con estas y otras enfermedades. Conozco un caso de una guagüita que convulsionó, vomitó sangre y le inyectaron morfina al nacer ¿eso es vida si vivió uno o dos días? ¿Y el costo siquiátrico para la madre? ¿y todo en un hospital público? Mi bebé también viene con ese diagnóstico… imagínate lo terrible. Por eso me acerqué al diputado Marco Enríquez Ominami, porque él presentó el proyecto de aborto terapéutico, y luego a la Corporación Humanas.

Michelle Bachelet dijo que el aborto no será tema en su gobierno, ¿qué viabilidad le ves a tu caso?
-Estoy completamente segura que en mi caso no va a pasar nada, porque me queda muy poco. Pero tienen que hacer algo. No sé por qué la Presidenta no quiere tomar este tema, si es mujer y es médico. Por eso, pongámosnos de acuerdo en este tema: si no queremos aborto terapéutico, entonces hagámosle un seguro a las madres e indemnicémosla por todo lo que está pasando. Y también démosle un futuro y un bienestar a las mujeres que son violadas y también a sus niños porque ¿cómo una mujer que es violada va a querer a ese niño? Eso lo encuentro estúpido.

¿Te has imaginado el parto?
-Sí. Y me da miedo. En este último tiempo he tomado un temor por lo que va a pasar, porque como él es incompatible con la vida, puede nacer muerto, morir altiro o vivir días, meses o hasta un año. Aunque con todo lo que ya tiene hoy, no creo. Pero imagínate que fuera así: es un vegetal que tendrá convulsiones, y como no tiene conciencia, nunca te va decir mamá. Hay que darle una vida digna y eso no es vida.

¿Te has preguntado por qué te pasó esto?
-¿Por qué a mí? Sí, claro, pero también he dicho ¿por qué no a mí? Yo soy bien luchadora y tal vez por eso me tocó a mí. Y voy a llegar hasta las últimas, aunque se me tiren encima todas las organizaciones pro vida. Me da lo mismo. Porque esto no es abortar un niño sano. Además, acá nadie puede hablar de moral, menos esos diputados de derecha. ¿De qué me hablan si en dictadura se violaron los derechos humanos y ellos la apoyaron? A ellos les sale la moral de repente. No seamos hipócritas. Ellos apoyaron cosas terribles y hoy están jugando con mi vida y la de mi hijo.

http://www.observatoriogeneroyliderazgo.cl/index.php?option=com_content&task=view&id=730&Itemid=2
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Ana María Acevedo: Cuando el dolor se vuelve injusticia


Ana María Acevedo falleció de cáncer el jueves 17 de mayo de mayo en Santa Fe. A causa de un embarazo de tres semanas le negaron la posibilidad de iniciar un tratamiento y de apelar a un derecho contemplado en el Código penal: el aborto terapéutico. El próximo lunes 28 de mayo, las organizaciones de mujeres convocan a movilizarse por el Día Internacional de la Acción por la Salud de la Mujer y se lanzará la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto legal, seguro y gratuito.

La historia de Ana María Acevedo es el reflejo de una realidad que padecen cientos de mujeres pobres, a las que la justicia les niega obcecadamente la posibilidad de acceder a un aborto legal, seguro y gratuito. Con 20 años de edad, Ana María Acevedo, oriunda de la localidad de Vera, provincia de Santa Fe y mamá de tres hijos de 4, 2 y 1 año, falleció el jueves 17 de mayo, producto de un cáncer en el cuello, diagnosticado en noviembre del año pasado. La crónica de su dolor comienza hace un año atrás, cuando Ana María recurre al SAMCO de su localidad a causa de un fuerte malestar de muelas. A pesar de la atención, los dolores continuaron y recién, después de cuatro meses, las autoridades del centro de salud la derivaron al Hospital Cullen, de la ciudad de Santa Fe. Allí le extraen una parte del tumor, detectado en las partes blandas de su cuello, sin explicarle que en su estado, no podía quedar embarazada y la derivan al Servicio de Oncología del Hospital Iturraspe.

En diciembre, Ana María Acevedo llega hasta el hospital para comenzar su tratamiento de quimioterapia y rayos. Sin embargo, el Comité de Ética y sus directivos le negaron la posibilidad de acceder a una terapia que al menos, le pudiera brindar algún camino posible ante el cáncer. Le informaron que tenía un embarazo de tres semanas, pero nada le dijeron acerca de su derecho, contemplado en el artículo 86 del código penal, de apelar a un aborto terapéutico.

Cuatro meses después, ya con su embarazo de 5 meses y con el mismo dolor intenso que venía soportando desde el mes de mayo, le realizan una cesárea al detectarle incompatibilidad sanguínea con el feto. Por este mismo motivo, Ana Maria había solicitado tiempo atrás la posibilidad de realizarse, ante riesgo de embarazo, una ligadura de trompas, que también le fue negada.

En abril de este año, Ana María se somete a la cesárea y el recién nacido logra vivir solo 24 horas. Ya con su estado de salud deteriorado, con un cáncer avanzado, con fuertes dolores y sin ningún tipo de tratamiento posible, Ana María entra en coma farmacológico y muere, con tan solo 20 años y con tres hijos pequeños, el 17 de mayo en el Hospital Iturraspe.

“Una vez más se incumple la ley en la Argentina y se somete a una mujer a correr un grave peligro para su vida y se desprotege la vida de sus tres pequeños hijos. Una vez más esto le pasa a una mujer joven y que vive en situación de pobreza”, afirman desde las organizaciones de mujeres que impulsan la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y gGratuito, y además, reclaman “¡Basta de injusticia! ¡basta de impunidad para quienes en lugar de cumplir con la misión de sanar a las personas a la que los obliga su condición de médicos/as, ponen por delante sus creencias personales y terminan haciendo abandono de personas, que en definitiva es atentar contra su salud y su vida!” .

Desde la Multisectorial de Mujeres expresaron su “profundo repudio al avasallamiento de los derechos a la salud y a la vida” y manifestaron que “Ana María sufrió discriminación por ser analfabeta, poseer escasos recursos materiales y simbólicos para lograr comunicarse y exigir la atención médica adecuada, no tuvo ni una sola oportunidad de elegir sobre su cuerpo”.

En una nota de opinión publicada en el diario La Capital, el miércoles 23 de mayo, Viviana Della Siega, de Insegnar, decía “se suceden las muertes de las mujeres pobres porque una red de intereses, prejuicios, hipocresía e insensibilización ha decidido negarles el derecho a decidir sobre su propio cuerpo” y también denunciaba la falta de implementación de la educación sexual en las escuelas a pesar de estar sancionada desde hace 15 años en la provincia, la mala distribución de anticonceptivos en todos los sectores sociales y la violación de derechos que contemplan la interrupción de embarazos en casos no punibles. “El reciente caso de Ana María es una muestra de ello. Y así estamos, frente a una muerte que quizás, se podría haber evitado.”

http://www.enredando.org.ar/noticias_desarrollo.shtml?x=33507
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Él y Ella

Si al aborto terapéutico

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